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Esta es una entrada hablando de un libro en el que, en efecto, se cuentan partes de la HISTORIA DEL MUNDO.

Es larga la historia de la evolución de la materia que contiene este universo nuestro, pero la de los seres humanos y sus antecesores, los mamíferos, los primates, no lo es tanto. Miles de millones de años contemplaron el acontecer de los sucesos primitivos, hasta que los cambios se aceleraron con el advenimicnto de la reproducción sexual, cuando fragmentos de código genético fueron capaces de insertarse de manera amigable entre sus hermanos…, y llegados a este punto, podemos comenzar en un lugar cualquiera.

No fueron las flores las iniciadoras de tan tremendo proceso, pero para nuestros empeños pueden servir, y como tal, decimos: imaginemos una flor pensando junto a una cascada…

Luego, tras el cuento de la flor, dice,

Transcurren millones de años y la evolución continúa su curso. De los primeros seres vivos, bacterias, algas, coloreadas flores, luciérnagas…, evolucionaron animales superiores, como los célebres dinosaurios, que por diversos motivos quedaron atrás y desaparecieron por completo. Su lugar sobre la superficie terrestre lo ocupó una nueva clase, a la que llamamos mamíferos.

Los omómidos, mamíferos del orden de los primates, fueron los antepasados de las personas hace alrededor de cincuenta millones de años. Tenían tamaños que oscilaban entre los de una rata y un gato, y poblaron en ingentes multitudes los bosques terciarios del Eoceno.

Después continúa de diversas maneras, y ahora vienen los comentarios que aluden al caso.

Este no es un libro normal, ni muchísimo menos, y para que no quede sombra de duda sobre ello, he aquí el ÍNDICE.

EL AIRE Y EL AGUA

EL DESEO

LAS FORMAS Y LOS COLORES

EL FUEGO

EL LENGUAJE

LA AGRICULTURA

LA SUBIDA A LA MONTAÑA

EL COMERCIO

EL ENSUEÑO

EL CAMINO HACIA PONIENTE

LAS CASTAS ESTABLECIDAS

EL NUEVO MUNDO

MÚSICA PARA VIAJAR

UNA HISTORIA DE AMOR INTERPLANETARIO

YO SOY LA NAVE

Por sus páginas desfilan prehistóricos en apuros, nómadas cazadores de bisontes, guerreros victoriosos tras una batalla, fenicios que se dirigen al fin del mundo, romanos de charla en la quinta ―mientras que desde el vecino coliseo llegan los gritos que subrayan los golpes fallados por los gladiadores…

Parece mucho pero hay más, mucho más, pues ¿qué decir, por ejemplo, del recién ordenado diácono que gracias a sus artes (las del verdugo) se convirtió  en asesor de los reyes que se dirigían a la Segunda Cruzada?

Esto también tiene su miga, como lo que le sigue y antecede, pues aquí, como en el curso de la vida, no se pierde uno en divagaciones, sino que los acontecimientos se atropellan unos a otros, y ay de quien coja desprevenido el correr de los tiempos.

Quizá alguien desconfíe de afirmación tan rotunda, y para disipar sus dudas nada mejor que adjuntar un fragmento del escrito, aquel en que los piratas de las gafas de sol vuelven al principio del cuento. Dice así:

LOS PIRATAS DE LAS GAFAS DE SOL

Los piratas de las gafas de sol son mayores, deben de tener alrededor de cincuenta años, pero la chavala, la chavala rubia que casi siempre les acompaña ―aunque a veces acompañe al correcaminos―, no; ella sigue joven. La chavala, como es marciana, o medio marciana, es azafata ―pero es que es guapísima, como su madre―, y como además es mutante, no tiene miedo de que se caiga el avión porque sabe volar. Si el avión se cae ella busca una escotilla y la rompe con el puño de hierro, y de ahí en adelante todo es coser y cantar. Los pasajeros se estremecen ante la súbita bajada de presión y algunos vomitan, pero esto da igual porque de todas formas van a morir en seguida y nadie va a mirar al vecino y decirle, oiga, ¿qué hace?, más educación, por favor, que me ha puesto perdido; están todos muy ocupados con su agonía. Luego, cuando el avión se ha estrellado y ya nadie habla, ni siquiera piensa, ella planea hasta los restos y espera a que llegue el grupo de rescate, y cuando llegan, que está subida sobre los restos del fuselaje, les dice, soy la única que se ha salvado, ¿se lo quieren creer ustedes?, ¡soy la única que se ha salvado!, y entonces los de la misión de rescate avisan a la policía. La policía tarda en llegar porque ellos no tienen helicópteros, o por lo menos no tienen tantos como los de los grupos de rescate, y cuando llegan no saben qué decir y ponen cara seria, como de no saber qué está pasando allí. Pero, señorita, ¿me dice usted que…?, y Hannah…!, o sea, María de los huevos, vestida de azafata cósmica contesta, sí, aunque le parezca raro, que a mí también me lo parece, no se crea, pero el caso fue que mientras el avión caía yo me sentía flotar, me sentía como si estuviera dentro de un avión en caída libre, nada se acercaba a mí, quiero decir, ningún objeto material, sino que todo flotaba por allí cerca, se movía muy despacio, no había peligro de colisión, y luego, al final, cuando ya se adivinaba lo que iba a suceder, comenzó a percibirse un fenómeno extraordinario, o por lo menos yo nunca había visto una cosa tal. Era como una burbuja que me iba envolviendo, una burbuja de jabón, aunque debía de ser antimateria, y cuando llegamos al suelo, o sea, cuando se oyó una explosión horrísona y todo se incendió debido a los vapores de la gasolina, la burbuja me protegió como el escudo de Luc Skywalker y me encontré a salvo, ¿no se lo cree?, pues aquí me tiene, y la respiración artificial no se la he hecho a ninguno porque ya ve usted cómo está la cosa; entonces salí por mis propios medios, aunque la burbuja no me abandonaba, qué va, allí estaba, a mi alrededor, y me instalé encima de los restos del aparato para ver cuanto antes cuándo llegaba el equipo de rescate, y entonces sí empezó a disolverse, cuando me vio a salvo, y al cabo de un rato se había ido del todo, y ahora…, voilà!, aquí me tienen.

Los policías pensaron que estaba loca pero no se atrevieron a llamar a los loqueros, y en vez de eso me llevaron a un hospital en donde hubo una escena chunga cuando quisieron que me desvistiera, porque Hannah…! no se desviste nunca, no, que se habla mucho de ello pero nunca lo hace, y ya digo, entré y lo primero que me dijeron fue que me quitara la ropa, y Hannah…! se moría de risa, sí, anda, que me quite la ropa, que me desvista, eso es lo que quieres tú, el que está disfrazado de médico, o de enfermero, yo qué sé, ¡tú estás mal!, ¿y no quieres que saque la lengua?, ¡si sólo me he caído del avión!, ¿para qué quieres que me quite la ropa si lo único que sucedió fue que se cayó el avión y a mí no me sucedió nada?, ¿qué culpa tengo yo?, o no, mejor, ¿cuál es la causa que precede al efecto?, ¿lo sabe usted, eminente doctor?, oiga, yo me voy que aquí hace mucho calor, y entonces entró una chica vestida de blanco y le dije, este señor quiere que me quite la ropa y lo único que ha sucedido es que soy la única superviviente de un trágico accidente de aviación como los que suceden a veces, ¿usted cree que tengo que quitarme la ropa?, ¿a que no?, mejor que no, porque como llegue a sus ojos la luz que ilumina las tinieblas es probable que quieran meterme en la cárcel; bueno, eso no se lo dije porque para qué, no lo iban a entender y ya estaba la cosa suficientemente liada, aunque no creo que lo hubieran conseguido porque seguro que nunca han intentado meter en la cárcel a alguien que tenga brazo elástico, y mucho menos puño de hierro.

―Sí, eso fue así ―dije yo―, y al final la dejaron irse a su casa, claro, porque con Hannah…! no hay quien pueda ―y los piratas de las gafas de sol dijeron,

―No, hizo bien ―y yo seguí.

―Y de todo esto no nos hemos enterado por los periódicos, nunca se ha dicho, ni de muchas otras cosas por el estilo que llevan sucediendo durante los últimos años, porque semejantes noticias no aparecen nunca en los telediarios, en donde están muy ocupados fabricando las suyas propias. Ahora es lo de la duodécima crisis nuclear y dentro de poco será otra diferente, otra paranoia colectiva, de las que yo, a mi avanzada edad, ya he asistido a varias.

―Nosotros también ―dijeron los piratas de las gafas de sol, que habían llegado en sus motos―, pero eso ahora no importa, es lo de menos, que lo importante es que Hannah…! sigue bien después de tantos años. Ya nos lo imaginábamos nosotros porque se le veía cara de lista. Oye, ¿tenéis cerveza?, que aquí también hace calor… Si no, podemos llegarnos hasta el bar. […]

Este libro, que a simple vista puede parecer una locura, aunque no lo es tanto, se puede ver AQUÍ.

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