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Imaginemos una sala de subastas medieval. Por los pasillos discurren acaudalados personajes que han venido con sus séquitos a hacer el agosto, y, cuando comience la asamblea, se sentarán en los oscuros escaños que muestra la imagen; desde aquí podemos escuchar las reservadas conversaciones que fuera de esta gran sala tienen lugar… En las paredes, las efigies de pasados reyes y gobernadores contemplan mudos, pero en perpetua vigilancia, que nada perturbe el antiquísimo protocolo de lugar tan delicado. Las abigarradas tallas de madera son también testigos de los acontecimientos semanales, cuando aquí se ponen en juego valiosas mercancías, sedas, especias, lanas y metales preciosos que los barcos han transportado desde lejos, muy lejos… Por la escalera del fondo descienden los donceles que anuncian el comienzo de la ceremonia, y luego unos golpecillos en un atril oculto indican que la sesión está a punto de abrirse…, y todo ello podría suceder en Brabante, en Lieja, en Venecia…, ¿quién sería capaz de asegurarlo?

(La foto, en realidad, está tomada de la monumental sillería del coro de la iglesia de San Marcos, en León).