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Fue en febrero de 1941 cuando, una noche de viento sur huracanado, se quemó por completo la parte vieja (lo que tanto entonces como ahora es el centro) de la ciudad de Santander. Es difícil, viendo la reconstrucción que podemos observar hoy, hacerse idea de lo que era entonces esta ciudad, ciudad vetusta, sí, pero con la gracia de lo antiguo. La casas eran de madera (las estructuras), lo que atizó el enorme incendio y las hizo desaparecer por entero, y sus fachadas estaban cubiertas de balcones y miradores, elementos típicos de la arquitectura de estas tierras; hoy son enormes y grises mamotretos (bloques) de cemento edificados de acuerdo con los usos propios de la posguerra española.

 

En el plano que adjunto (la línea negra encierra el área que ardió; pulsar para ver en grande) se puede observar cómo eran aquellos barrios que desaparecieron y nada tienen que ver con los que vemos en la actualidad. Ruamenor, Ruamayor, la calle del Rincón y la de Arcilleros, la Plaza Vieja (centro de aquel Santander), la calle de la Blanca (la calle comercial por excelencia), y tantas otras, se esfumaron durante una noche y sólo queda el recuerdo. El actual paseo de Calvo Sotelo consistía en dos calles, las Atarazanas y la Ribera (siglos antes fue una ría; atarazanas es sinónimo de astillero), que separaban el núcleo norte (delimitado por el círculo azul) y el sur (círculo rojo), que entonces se llamaba la Puebla Vieja y era el más antiguo barrio de la ciudad, el cual, presidido por la catedral, al menos podría remontarse a los siglos del medievo. Sobre este plano del Santander anterior al incendio he dibujado en gris algunas de las actuales calles: la verticales son Isabel II, a la izquierda, y Lealtad a la derecha (como se ve, atraviesan la Puebla Vieja, de la que no quedó ni rastro). La calle horizontal (gris) es la actual de Juan de Herrera, que finaliza a la derecha en el cuadrado gris que señala en lugar en el que está la actual Plaza Porticada (entonces inexistente). Por último, el rectángulo gris que hay delante de la catedral es lo que hoy se llama Plaza de la Virgen (páramo de piedra por las artes de la arquitectura moderna), que entonces estaba ocupado por tres edificios pertenecientes a la Puebla Vieja.

Si no hubiera sucedido tan enorme catástrofe, ¿tendríamos hoy una ciudad parecida a Oviedo o San Sebastián, que siguen conservando sus núcleos antiguos? Pues, salvando las barbaridades urbanísiticas que inevitablemente se hubieran producido durante los años 70 y 80 del pasado siglo (como de hecho se produjeron con lo que quedó), lo más probable es que tuviéramos una ciudad de aspecto antiguo, pues bastantes edificios se hubieran reconstruido salvando su aspecto exterior, tal y como puede verse en la actualidad en algunos lugares de las calles de Cisneros, Río de la pila, calle Alta, Santa Lucía y otras (todas ellas fuera del núcleo que se quemó).

 En fin, que el viejo Santander desapareció para siempre aquella noche, y ahí dejo estas dos imágenes: la primera es la Ribera (la actual acera de Calvo Sotelo en donde está la librería Estudio) vista, hacia los años 30, desde encima del puente que comunicaba los dos núcleos antiguos,

 y la segunda, un aspecto del nuevo Santander (la Alameda segunda –o sea, el actual eje San Fernando-calle Vargas– vista desde Cuatro Caminos).

 Pues lo dicho: que hay que ver cómo cambian las cosas.

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