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Hoy, 21 de junio de 2011, a las 5 y cuarto de la tarde (aproximadamente) transcurre la Tierra por el punto de su órbita más alejado del Sol, lo cual se determina por observaciones astronómicas. (La órbita de la Tierra alrededor del Sol no es circular, como es sabido, sino elíptica, luego en un extremo de ella estará más lejos –del Sol– que en la otra). Tal suceso (que como es lógico, se repite todos los años) se ha tomado como referencia para establecer el comienzo de la estación a la que llamamos verano, y da pie a las personas para celebrarlo de manera especial (aunque en lugares eminentemente festivos como España no hubiera sido necesario, pues aquí, ¿cuándo no es fiesta?). La más conocida de estas celebraciones es la denominada noche de San Juan, la que va del 23 al 24 de junio, en la que es tradición deshacerse de lo antiguo quemando trastos viejos…

Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes…

–¿Y amores no correspondidos?

–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.

Es esta una tradición muy arraigada en la civilización occidental, algo que gusta mucho a todo el mundo, en especial a los jóvenes, que lo celebran ruidosa y alcohólicamente, y como no podía ser menos, en varias de mis novelas se hace referencia a ello. Por ejemplo, el Viaje al verano es la pormenorizada historia de una noche de San Juan, pues el libro completo transcurre durante una de ellas. En Europa barroca también se menciona, y Eduguá, y luego la negra, hacen alusión a alguno de estos acontecimientos, a los que sin duda asistieron, y Crucita (de Crucita y yo), cuenta la vez en la que, teniendo dieciocho años, se fue con Atahualpa (su novio bueno, porque también tuvo otro malo, pero aquel se llamaba Rafa) a vivir uno de estos acontecimientos en una playa del norte (del norte de España, se entiende). Por fin, en Las estaciones los niños hacen una fiesta (comandados por su madre), con hoguera y paella incluidas, en la que se purifican simbólicamente arrojando al fuego cuanto les sobra. Y como de todo ello debería poner algo para que la gente lea, que leer es muy sano e instructivo, yo creo que lo mejor es escuchar a Crucita (que es una joya de mujer, o sea, de chavala) y lo que dice de aquella a la que asistió. Semejante texto es como sigue:

… y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus, ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente…, y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí, pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas…?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Volkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos…

Como colofón a lo anterior os dejo un enlace. Es una minipelícula que dura un minuto, y su título ya dice de qué va:

El verano (película de 1′ 03″)

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