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Todo el mundo ha oído hablar de botellas en el océano. Unos las arrojan y otros las encuentran. Es lo mismo, o tan improbable una cosa como la otra, porque hoy en día poca gente tira botellas al mar, y no digo nada de los que casualmente se topan con ellas, que se pueden contar con los dedos de la mano… Esto serviría como metáfora de lo que sucede en internet con las cosas que escribe la gente (los pocos que ponemos algo aquí, que los demás se limitan a chupar rueda), y es que navegan en un océano tan enorme que encontrarlas es parecido a lo de la aguja en el pajar.

Bueno, pues el caso es que yo he escrito acerca de ambas situaciones, las dos veces en la misma novela (“Europa barroca”), y para que veáis que no me tiro faroles, ahí van los trozos a los que me refiero:

 Cuando alguien las arroja (página 363 de Europa barroca):

Sandy y yo tuvimos una temporada, una temporada cortita, de rollo macabeo, de rollo patatero, ¿qué íbamos a tener?, yo le llevaba casi veinte años… Sandy vivía en su casa de siempre, con Claudia y Pedro, pero tenía otra alquilada, un ático viejo en un tejado que daba a un patio, y fuimos allí a veces. Tal y como quería le hice un montón de fotos, fotos caminando por la calle, fotos en las mesas de los bares, fotos al lado del mar una vez que hicimos una excursión hasta un lugar desde el que, aunque lejos, se veía África, una excursión que duró varios días y en la que lanzamos al mar un mensaje en una botella. Esto era algo de lo que habíamos hablado cuando era pequeña pero nunca habíamos llevado a cabo.

–¿Quieres que lo hagamos ahora?

–¡Huy, sí!

–Bueno, pero ¿cuál va a ser el mensaje?, ¿qué vamos a escribir…? Escribe tú algo, que ya eres mayor.

Sandy lo estuvo pensando durante una mañana tumbada en una playa de piedras, y luego, tras buscar un papel marrón que parecía antiguo, con un pincel y su fantástica letra, toda llena de adornos y jeribeques, escribió,

¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,

reputándolo yo por desvarío,

vi mi mal entre sueños, desdichado!

Soñaba que en el tiempo del estío

llevaba, por pasar allí la siesta,

a beber en el Tajo mi ganado;

y después de llegado,

sin saber de cuál arte,

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con la calor de estiva,

el curso, enajenado, iba siguiendo

del agua fugitiva.

 

Sandy me miraba ávidamente.

–¿Te gusta? ¿Tú crees que sirve…?

Yo me quedé por completo ensimismado. Cuando lo leí estaba sentado en una terraza mirando al mar solitario, y de repente me encontré totalmente distendido, como si me hubiera enchufado al bálsamo de las huríes… Siempre he tenido mucho miedo a la magia propia de las mujeres, de forma que la miré, me reí y le dije,

–Tú me quieres liar.

Sandy me miró también; mejor dicho, se me arrimó.

–¿Sabes de quién es?

Yo contesté,

–Sí… Bueno, de alguien del Siglo de Oro.

A Sandy no le costó nada decirlo, y lo dijo como hay que decir estas cosas.

–En realidad lo he escrito para ti. ¡Tú eres el del agua fugitiva! ¡Y el que ve su mal entre sueños, desdichado!

A mí me dio la risa. Sandy era una verdadera artista, todas sus manifestaciones lo eran.

–Hija mía, haz algo mal, que no quiero enamorarme de ti.

Sandy se apoyó aún más.

–¿Ah, no? ¿Y yo qué…? Cuando era pequeña estaba enamorada de ti, y no me hiciste ningún caso.

–Ja, ja… ¡Pero tú eras una niña!, y las niñas…

Sandy me agarró de un brazo.

–¿Quieres saber quién eras tú? Cuando yo era pequeña, tú eras el demonio. Tú eras un tío que, cuando te cortaban el pelo, a los pocos días ya volvías a tenerlo todo disparado; te salían rabos por todas partes, igual que a los demonios en los cuadros del Bosco… ¡Esa era una facultad tuya diabólica!

Allí, en la hamaca, al final, medio agarrados, le dije,

–Oye, vamos a portarnos bien, ¿verdad?

Conseguimos una botella vieja, una botella buenísima y de cristal gordo, encerramos dentro aquel poético pergamino que glosaba las asechanzas del maligno, la cerramos con un corcho que casi no cabía y nos costó mucho meter, y la lanzamos al mar desde la orilla de la playa.

–¿Qué pensará el que la encuentre?

–¿Tú crees que la encontrará alguien?

–A lo mejor… O a lo mejor un pez martillo rompe el cristal y el papel es recogido por una sirena…

Todo esto sucedió al atardecer, sentados en una duna, mirándonos de reojo y cogidos de la mano, mirándonos incluso demasiado…

Al fin, ¿quieren saber ustedes cómo se resolvió aquella azarosa y volandera relación? Muy sencillo: Sandy, que era muy lista, tenía una amiga en California, y resultó que se casó de repente, o sea, que desapareció de la noche a la mañana; Sandy, fue Sandy la que desapareció de mi vida, y su amiga la que se casó. Tardó cerca de un mes en volver –un mes en el que me sorprendí comiéndome ligeramente los puños y mirando por la ventana, buscándola…–, y cuando volvió, un día en que me la encontré en su casa, la de Claudia, sonriente como ella era me dijo, oye, ¿sabes que mañana me voy?, ¿adónde, mujer?, a Noruega; ¡fíjate!, ¡vamos a hacer cabañas de troncos!, y de aquel viaje tardó tres meses en volver. Bueno, yo la entendí perfectamente, y lo de los puños se me pasó en seguida. Sandy siempre fue un modelo de discreción y buen hacer, siempre fue una niña buenísima.

Cuando alguien las encuentra (pagina 591):

María, mimada por sus padres, creció como crecen todos los seres vivos, y una tarde en que habíamos ido a dar nuestro vespertino paseo, una tarde cualquiera en que, haciendo tiempo para contemplar la imaginable puesta de sol transitábamos por la interminable playa que había frente a nuestra casa, encontramos una botella tirada en la arena. La botella era verde y oscura, pequeña y gruesa, vieja y pulida, y tenía un tapón de corcho, un tapón muy bueno, porque seguramente había resistido tempestades y turbonadas. La botella había llegado conducida por las olas, y tras rodar por la playa se había quedado milagrosamente frenada en el lugar más visible por la presencia de una piedra oportuna. María, que más que pasear, correteaba, fue hasta ella y se agachó a mirarla. Yo llegué a su lado, me agaché a mi vez y allí permanecimos los dos un rato, contemplándola sin saber qué decir.

–Tiene dentro un papel… ¿Tú crees que estará escrito? ¡Mira que si es un papel en blanco!

María me miraba ansiosamente sin atreverse a tocarla, pero yo la cogí y dije,

–Ven, vamos a abrirla –y fuimos hasta la duna y nos sentamos en su falda.

Me costó sacar el corcho, para lo que tuve que utilizar una herramienta que llevaba en el bolsillo, pero al final la destripamos sin romperla.

–¿Y ahora qué?

En su interior, doblada y húmeda, había una inconfundible hoja de amarillento papel.

–Sácala –y María, con los nervios a flor de piel, la sacó y me la dio.

Con toda la prosopopeya de que fui capaz, y muchísimo cuidado de no romperla, la desplegué y la miramos. Desde el ángulo superior izquierdo, una nereida dibujada por algún artista, una nereida burbujeante y muy finamente trazada con tinta que seguramente era china, nos contó un cuento de nereidas redactado en un idioma muy sencillo, tan fácil que hasta yo pude leerlo de corrido.

«A quien pueda interesar este mensaje escrito en papel de algas por una nereida del Mar de India. Aquí estoy con mis compañeras. Nuestro atolón no viene en las cartas, pero eso no importa; es un arrecife carmesí rodeado por lobos marinos que son nuestros amigos, que nadie tema nada. El Firmamento nos observa y atentamente escucha nuestros cantos, los cantos de las nereidas del Mar de India. A vosotros que me habéis encontrado, os pregunto: ¿tenéis vosotros también un sátrapa? El sátrapa es a quien hay que temer. Es un patricio gordo, sí, un patricio entrado en años, de escaso pelo blanco y túnica palmada. Estos eran personajes muy importantes durante el Imperio Romano; quienes fabricaban las armas, todo el armamento que utilizaban las legiones romanas, que eran muchas y nutridas. El patricio está recostado en un triclinio, y a su alrededor varias diminutas cortesanas le rendimos pleitesía. El patricio, que es gigantesco comparado con su entorno, y gordo y calvo, está a punto de comerse un bocadito. El bocadito es un ser humano convenientemente churruscado del tamaño de las cortesanas, del tamaño de nosotras mismas: este es nuestro sátrapa, y sólo come bocados escogidos. A veces se siente magnánimo y se nutre a base de cabras y niños diminutos, pero cuando se le va quedando caducada la munición, se molesta y suele llevarse a la boca el cadáver, convenientemente preparado, de una de nosotras; para eso es quien fabrica las armas…»

Llegado a este punto miré al horizonte marino, en donde con gran derroche de colores se ocultaba el sol, y tras dudarlo, dije,

–Una vez hice algo de esto con Sandy. ¿Alguien lo encontraría…? Nuestro mensaje era aún más raro que este. Sucedió hace mucho tiempo y también estábamos en una playa, y se ponía el sol. Fuimos hasta la orilla con otro enigmático papel metido dentro de una botella parecida a la que hemos encontrado –lo escribió ella con su fantástica letra–, y lo lanzamos al mar abierto lo más lejos que pudimos. Luego se perdió en lontananza y nos estuvimos mirando a los ojos. ¡Hija, qué tiempos aquellos…! ¿Tú no sabes quién era Sandy? Pues Sandy no era, que es tu seudoprima y anda por ahí con sus estudios a cuestas. Sandy la etimóloga y Sandy la polígrafa…

»Sí, en esta familia, que es la tuya, a las mujeres les ha dado por estudiar y a lo mejor a ti te sucede lo mismo. Por si acaso ya sabes leer, y dentro de poco aprenderás a escribir, que no conviene dejar pasar el tiempo en balde. La negra, tu madre, me dice que no te maree, ¿no crees que es muy pequeña?, y yo le digo, no, no lo creo, para la ilustración nunca es temprano, y más valdría que, paralelamente, tú le enseñaras a leer en inglés; los niños tienen ansia de aprender, y si tienen alguien que los contemple, les haga caso y les enseñe… Eso fue lo que Claudia y el jefe hicieron conmigo, y no es difícil; basta con adornarse y disfrazarlo de cuento de hadas.

Además, yo, al propio tiempo, le he enseñado a leer música, lo que tampoco es difícil porque la música es un lenguaje más, otro lenguaje con sus reglas y signos. Con el mismo esfuerzo que se aprenden las letras, y para un niño esto no es un esfuerzo insuperable, se pueden aprender las notas musicales. A, e, i, o, u ó do, re, mi, fa, sol, ¿qué más da…? Si lo hubieran hecho conmigo no me hubiera costado tanto aprenderlo de mayor. Además, estos idiomas son intercambiables y se puede jugar a las traducciones.

–¿Be a ce hache? Pues… –y María me miraba asombrada.

–¿Qué es hache?

–La siguiente a la ge.

–¡Ah, sí! ¿Es esta? –y golpeaba con saña el si de la octava superior; lo hacía en el piano, entendámonos, y sentada encima de mí, y yo le decía,

–Sí, esa es. Toca be a ce hache –y María, con la envidiable soltura de quien ha aprendido de muy pequeña, tocaba be a ce hache, be a ce hache, be a ce hache…

–¿Te suena a algo?

María volvía a tocarlo y decía,

–No… Bueno, sí… ¿A la música de las estrellas? –porque yo le había compuesto, naturalmente fusilándolas de los maestros, una serie de piezas a su alcance.

Las escribimos en un auténtico cuaderno de papel pautado, en la tapa caligrafiamos, «Música del cielo estrellado», y ella lo iluminó, según su recto entender, con lápices de colores. Allí se hablaba de la música de Orión, de la música del Centauro, de la música de Casiopea, de la música de los Planetas y de la de los Cúmulos Estelares… ¿Quieren ustedes oír más? Pues también estaba la Música de la Galaxia del Remolino, que era mi preferida y estaba basada, lógicamente, en un coral de Bach endiabladamente difícil. Ella, mi niña, aun antes de aprender a escribir, juntaba las manos y tocaba el acompañamiento tan pronto con la izquierda como con la derecha. Yo me quedaba embobado, pero ya se sabe que las niñas…

Cuando miré, por ver el efecto que todas aquellas solemnes palabras le habían causado, me encontré con que se había quedado dormida apoyada en la pared de la duna y el dedo gordo metido en la boca, su embetunado aspecto, su incipiente coleta, sus gafas y su parche de pirata, y tal era su expresión de placidez que no me atreví a interrumpir mi arenga. Antes bien añadí,

–Además, ya lo dice la canción: una voz bella quién la tuviera para cantarte toda la vida, pero mi estrella me dio este acento y así te canto, niña querida… –y acto seguido, procurando que no se despertara, la levanté en vilo, y con ella en brazos y nuestro fabuloso tesoro en el bolsillo, la botella verde conteniendo la fábula del sátrapa armamentista de las nereidas, tomé el camino de casa.

Sí, mucha gente lanza mensajes a la inmensidad marina, y otra mucha acaba encontrándolos en una playa desnuda y se vuelve a casa pensándolo. Yo, por si acaso, por si aquel fuera alguna suerte de mensaje cósmico, coloqué la botella, con el mensaje en su interior, en una vitrina en la que conservaba algunos fetiches: dos antiguas máquinas de fotos que me habían hecho harta compañía, una maqueta de nuestro barco, una navaja que tenía cuatrocientos años y varios objetos más de este jaez. Aquella fue una tarde enriquecedora, porque estas no son cosas que sucedan todos los días.

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