Para acabar el verano…, aventura

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¿Quiere usted enterarse de una vez por todas de qué va este libro, tan largamente anunciado? Pues nada más fácil, porque desde el 10 al 14 de septiembre se puede descargar (gratis, lógicamente) la primera parte (200 paginitas) llamada Allegro vivace en esta dirección:

Pues bueno, esto es todo. El que quiera que la baje, que ya digo que esos días es gratis y más no puedo hacer…

O sí, porque se me ocurren otras dos cosas:

1 / Si se quieren ver otros libros (cosas de todo tipo, aunque sobre todo novelas), hay que ir a ESTE ENLACE.

Y 2 /  Los que no queráis gastar dinero y estéis interesados, también podéis leer cosas mías. Eso se puede hacer es esta dirección:

https://sites.google.com/site/novelasgratisdecamargorain/

Ahora mismo hay una novela histórica muy bonita (Edad de las tinieblas) y alguna otra cosa. Entráis y echáis una ojeada, y si veis algo que os interese, lo descargáis; lo hay en mobi, en epub y en PDF. En este lugar no hay problemas de virus ni troyanos, como sucede en otros sitios, puesto que es una página que manejo yo.

 

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Horrores del estado del bienestar

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El estado del bienestar tiene sin duda grandes ventajas, como las viviendas, los hospitales, los ascensores, los vehículos (sin olvidar las vacaciones), que están al alcance de todos, pero ese mismo mecanismo, que podríamos llamar de masificación, produce efectos indeseables. Por ejemplo, la imagen que antecede a estas líneas.

Es fácil encontrar en la geografía española lugares como este. La foto podría estar hecha casi en cualquier parte, una calle de un lugar anónimo (este está en la costa mediterránea)… con la salvedad de que no es una calle. Es una carretera, y una carretera importante, nacional. Hay muchos lugares en nuestro país en donde sucede semejante fenómeno (sobre todo en zonas costeras). Los pueblos, debido a su crecimiento, se agrupan unos con otros, y el resultado para quien recorre esa carretera es un constante transitar por lugares poblados, con todos los inconvenientes que eso conlleva.

A veces se hacen veinte, treinta, cincuenta o más kilómetros por una interminable calle plagada de bloques, pasos de cebra, semáforos, rotondas, badenes, bandas sonoras, continuas limitaciones de velocidad a 50 k/h, a 40, a 30, a 20… Los coloristas contenedores de basura son el adorno más frecuente, aunque también abundan las terrazas de cafetería (con las inevitables sombrillas) y letreros en los que mayormente se menciona la comida: el término parrillada es el más frecuente en muchísimas carreteras españolas, seguido por menú del día, chuletón y otros varios que gozan de una celebridad que parece infundada. A veces pienso que el pueblo español está muerto de hambre, tal es su abundancia.

Y si uno, por encontrar algo de variedad en el paisaje tras tantos kilómetros de uniformidad, se desvía por alguna de las calles laterales en busca de una bocanada de aire fresco, se expone a entrar de lleno en el reino del terror o de la más siniestra ciencia ficción. Ni en las peores pesadillas podríamos imaginar lo que tras los bloques se encuentra, un ejemplo de lo cuál puede verse en la siguiente fotografía.

(Nota: tengo más fotos como las anteriores, pero ya las pondré otro día.)

Y bueno, el que quiera saber más, que mire AQUÍ, donde a veces (tampoco con frecuencia) se hace mención de este asunto y otros parecidos.

Los protagonistas son tres…

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… Eduguá, la negra y el cachalote, pero los personajes significados son muchos más, como el Cacho Madera, la abuela Tente, Sandi, Jonás (también llamado Charles Ortiz), Andrea la maracucha, Proserpina, el astronauta Al Cecato, el mayor, don Marcel, un architeutis de quince metros de envergadura, Ton el negro… En fin, muchos, que la historia no es parca (100 años de narración y 800 páginas de texto).

(Y si hace clic sobre la imagen…)

Libros de aventuras de verdad para leer este verano

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Ya podéis ir preparando el lector y la cabeza, porque si esta estación que viene, el verano, se os complica (o sea, que os deja la novia o el novio, o en el trabajo se niegan a daros vacaciones, u os meten en la cárcel o en el hospital, o llueve…, o lo que sea), siempre podéis salvar el escollo y viajar, sí, viajar, aunque sea con los ojos de la mente, que tampoco es mala forma de hacerlo. Para ello, ¿qué mejor ocupación que la de leer libros de aventuras?

A los que les gusten estos libros, y que además sean narraciones históricas, les puedo recomendar varios:

Ojos azules, que se puede ver aquí: https://www.amazon.es/dp/B072N822Q9

El viaje del morisco, aquí: https://www.amazon.es/dp/B079TBP55B

o Dios conmigo, aquí: https://www.amazon.es/dp/B018XOY7NU

Los detalles, es decir, de qué van, cuánto valen (baratísimos), quiénes son sus protagonistas y todo eso, se pueden ver en las páginas indicadas, en las que se dan toda clase de pormenores. Eso sí, y esto es de mi cosecha: son libros serios, sin tonterías.


Pero hay más (más libros de aventuras), como este, recién publicado:


Los anteriores, aparte de pertenecer al género de aventuras, son libros históricos, que podríamos decir, pero también hoy otros contemporáneos (que a lo mejor os gustan más) AQUÍ.

 

La mayor aventura jamás contada

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Imagínese el mundo del siglo XXI. No el de principios (la actualidad, que de sobra conocemos), sino el que se nos viene encima. El mundo de los decenios de los años 30, los 40, los 50…, al final del cuál…

(esto tiene lugar durante el solsticio de verano del año 2050, o el solsticio de verano del 50, como dice la negra: […] así que la primera noche, también la primera noche de aquel verano, el verano del cincuenta, mientras la civilización llegó a buscarnos la pasamos solos […]),

… sucede el milagro, que milagro fue y estupefactos dejó a los miles de millones de habitantes de nuestro planeta Tierra.

¿Qué fue ello? No lo desvelaré, claro está, pero allí intervinieron fuerzas de las que aún no tenemos noticia. ¿Cómo íbamos a tenerlas, si los seres que las produjeron desdeñaban a la humanidad como interlocutora? ¿Para qué nos iban a necesitar, si ya existen los cetáceos?… Y es que no somos el centro del mundo, como muchos piensan, sino una especie que, si algo no lo remedia, está dando sus últimos suspiros.

La aventura de las luces azules es la última de las novelas que voy a publicar, una narración futurista (una fantasía, por lo tanto, y una fantasía bonita), en la que se aborda el problema de la evolución (de la evolución de la materia, se entiende, que desde el big bang no ha cesado de reelaborar sus estructuras, galaxias, estrellas, seres vivos…), lejos, muy lejos de las coordenadas hoy cotidianas, toda esa anticuada e inane jerga de izquierdas, derechas y demás zarandajas con que se entretiene a las por definición acríticas sociedades actuales. Es preciso traer a colación asuntos nuevos, y pensar en ellos, pues el mundo que nos espera no se va a componer de lugares comunes y baladíes y trasnochadas frases hechas…

La aventura de las luces azules es un título que lo define a la perfección. Es una aventura, vaya si lo es –una innumerable sucesión de ellas–, y amén de otros elementos (la superficie de los continentes, sí, pero también la del océano, sus más profundos abismos y la inmensidad de los yermos espacios interplanetarios…), está aderezada por los efluvios –de los que no sabemos nada– de las ondas telepáticas, es decir, las que se supone que emiten –aunque aún no las hayamos detectado– máquinas tan complicadas como los cerebros de los animales superiores. ¿Y quiénes son los animales superiores?, se preguntará más de uno. Pues se supone que las personas… y los cetáceos. Hay más, y tampoco habría por qué circunscribirse a ellos, pero para no complicar el asunto, los personajes principales de la historia son tres: un europeo que nace el 1 de enero de 2001 –justo con el milenio–; una negra procedente de la selva caribeña y cuya mayor afición es el mar, y un cachalote del océano Atlántico; telépata, por supuesto. Entre los tres dan cuerpo a esta ingente narración –La aventura de las luces azules–, que se extiende durante 100 años y 800 páginas.

Esta no es una narración de ficción científica (impropiamente llamada ciencia ficción), puesto que aquí no se habla de ciencia (o se habla muy poco), pero que inevitablemente cuenta con elementos de ese género, como la telepatía y la presencia de inteligencias extraterrestres. Entendámonos, la presencia, que no quiere decir su aparición en escena en carne mortal, puesto que no creo que estos seres sean tan tontos como para descender a la Tierra que conocemos, y menos con la que está cayendo en la sociedad de analfabetos informáticos que caracteriza los tiempos actuales. Sin embargo, allí están, contemplándonos con estupor desde el lugar que ocupan…

La que publico ahora es la primera parte, subtitulada Allegro vivace, y luego, con intermedios de unos meses, seguirán las restantes, Rondeau, Scherzo allucinante y Andante con moto e finale.

¿Qué más quieren que les cuente?, porque podría hablar de tantas cosas… De las aventuras abisales de la negra; de los conciertos de puertas chirriantes en alta mar –puesto que la música es parte fundamental en esta historia; del astronauta perdido para siempre en órbita solar; de la bienaventuranza, especie vegetal de allende los espacios siderales; de la boda por ondas electromagnéticas y los coloquios con seres que están lejos, muy lejos… pero no diré más. El que esté interesado en leer semejante cuento, que cuento es, y provisto de colosal fantasía desbordada (es el mundo del futuro), pronto podrá hacerlo. Ya os tendré al tanto.

 

Un genio de las novelas de aventuras

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Julio Verne a los 25 y a los 50 años

Por supuesto, leí las novelas de este señor cuando era pequeño, y me había quedado un buen recuerdo; muy difuso, pues los años no pasan en balde, pero conservaba vivas la idea de su ingenio y la amenidad de sus relatos. El caso es que ahora he vuelto a leer diez de ellas, seguidas, que son:

Cinco semanas en globo

La isla misteriosa

Veinte mil leguas de viaje submarino

La vuelta al mundo en ochenta días

La esfinge de hielo

El volcán de oro

Miguel Strogoff

Dos años de vacaciones

Viaje al centro de la Tierra

Alrededor de la Luna

… y tengo que decir que este autor es un genio.

Dejando aparte las malas traducciones (a veces pésimas, aunque a veces, no se sabe por qué, medianamente correctas) y las peores ediciones (esto de las ediciones electrónicas clama al cielo), el fondo que te queda tras acabar semejante lectura (y salvar los innumerables escollos de las impresentables y ya citadas ediciones) es magnífico.

Por ejemplo: todos estos libros tienen algo en común, y es que en ellos, amén de las continuas aventuras con que adorna el relato, va pasando revista a lugares que en su tiempo eran casi desconocidos.

En Cinco semanas en globo es África de este a oeste (desde Zanzíbar a Senegal) vista desde el aire.

En La isla misteriosa: aventuras de unos náufragos en una isla desierta, a la que sacan el mayor partido posible.

Veinte mil leguas de viaje submarino: descripción del fondo del mar, y no de un mar, sino de todos los océanos, pues el larguísimo viaje transcurre por el Pacífico, el Índico, el Mediterráneo y el Atlántico.

La vuelta al mundo en ochenta días: como dice el título, la vuelta al mundo en su época, para lo que utiliza todos los medios de transporte imaginables: barcos, ferrocarriles, carros, elefantes…, e incluso un trineo a vela en el que los viajeros recorren parte de las llanuras centrales de los Estados Unidos.

La esfinge de hielo: viaje hasta el polo sur, en donde supone que hay un océano navegable. (Esta novela es una especie de continuación de La narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe.)

El volcán de oro: acerca de la vida en los placeres auríferos del norte de Canadá, lindando con Alaska, más allá del círculo polar.

Miguel Strogoff: relato de un viaje ambientado en Siberia, cuyos protagonistas la recorren desde Moscú a Irtkusk, casi en las mismas orillas del océano Pacífico.

Dos años de vacaciones: nueva narración de náufragos, en la que los protagonistas son un grupo de niños de seis a catorce años, capaces (como en La isla misteriosa) de sacar el máximo partido a sus adversas circunstancias.

Viaje al centro de la Tierra: los expedicionarios (un profesor loco, su sobrino y un islandés) no llegan al mismo centro, pero efectúan un largo recorrido por parajes fantásticos.

Alrededor de la Luna: continuación del libro llamado De la Tierra a la Luna, en el que se relata el viaje hasta la Luna, su circunnavegación y la vuelta a la Tierra.

 

Mi opinión es que la mayor parte de estos libros son unos monumentos de lectura obligada para los aficionados al género de aventuras. Tan sólo los dos últimos citados (Viaje al centro de la Tierra y Alrededor de la Luna) me han parecido un poco más flojos, quizá porque los lugares en los que transcurren son hoy más conocidos y choca el exceso de fantasía, pero el resto resultan totalmente creíbles, y la cantidad de datos que aporta sobre los lugares que describe va mucho más allá de lo esperado.

Julio Verne es conocido como «el padre de la ficción científica», y no en vano, puesto que imaginó máquinas que entonces no existían y hoy han sido construidas. Por ejemplo, las naves espaciales del programa Apolo o el submarino de Veinte mil leguas de viaje submarino, perfecto trasunto de los sumergibles nucleares existentes, tanto en su tamaño como en el aspecto con que lo describe. Es verdad que el suyo no era nuclear, sino eléctrico, pero esto, si bien se piensa, es un detalle menor, y para que se vea hasta qué extremo llegan estas semejanzas, el primer submarino nuclear que se construyó en los Estados Unidos (también el primero que pasó sumergido bajo el polo norte, lo que sucedió en 1958) fue bautizado con el nombre que dio Verne al suyo: Nautilus.

Una circunstancia que llama la atención y merece la pena reseñar es que los protagonistas de estas aventuras son casi todos hombres; algunos, como Phileas Fogg o el capitán Nemo, muy famosos. En los diez libros citados, tan sólo hay tres mujeres que tengan algún peso en el desarrollo de las historias: Nadia, en Miguel Strogoff; Aouida, en La vuelta al mundo en ochenta días, y, en menor medida, Kate, una chica que llega a la isla, igualmente náufraga, y que aparece casi al final de Dos años de vacaciones. Sin embargo, este es un detalle que, al menos para mí, carece de importancia. Él escribió lo que quiso, y no podemos por menos de agradecérselo.

Otras novelas de este autor, no citadas aquí, son: Los hijos del capitán Grant, Escuela de robinsones, Un capitán de quince años, Matías Sandorf, El soberbio Orinoco, El castillo de los Cárpatos, El archipiélago en llamas y muchas otras que podéis ver aquí: https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Bibliografía_de_Julio_Verne

 

De paso, también podéis ver esto otro:

Novelas de aventuras de Camargo Rain:

https://www.amazon.es/Camargo-Rain/e/B019RODFL0

 

 

 

La novela histórica (y 8): OJOS AZULES

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Hasta aquí llegó esta serie de posts sobre la novela histórica contada por épocas, cuyo elementos pueden consultarse aquí:

La novela histórica (1): génesis y subgéneros más comunes ≈ http://camargorain.blogspot.com/2017/07/la-novela-historica-1-genesis-y.html

La novela histórica (2): la prehistoria = http://camargorain.blogspot.com/2017/07/la-novela-historica-2-la-prehistoria.html

La novela histórica (3): primeras civilizaciones ≈ http://camargorain.blogspot.com/2017/07/la-novela-historica-3-primeras.html

La novela histórica (4): la Edad Media = http://camargorain.blogspot.com/2017/07/la-novela-historica-4-la-edad-media.html

La novela histórica (5): siglos XVI y XVII = http://camargorain.blogspot.com/2017/08/la-novela-historica-5-siglos-xvi-y-xvii.html

La novela histórica (6): siglos XVIII al XX = http://camargorain.blogspot.com/2017/08/la-novela-historica-6-siglos-xviii-al-xx.html

La novela histórica (7): el siglo XIX = http://camargorain.blogspot.com/2017/08/la-novela-historica-7-el-siglo-xix.html


¡Ah!, pero he dejado para el final un libro que es algo a modo de recopilación de los anteriores subgéneros, pues los comprende todos o casi todos.

Narraciones históricas de Camargo Rain

Se trata de Ojos azules,

novela en quince capítulos que narra una historia de la humanidad utilizando como nexo lo que su título dice, los ojos azules (ene algunos casos extrañamente azules) que exhiben los sucesivos protagonistas. Sí, porque unos descienden de otros (algunos muy lejanamente), y de esta forma he tenido buen cuidado de ir narrando (no en todos los casos, pero sí con frecuencia) la fecundación y génesis de quienes aparecerán en capítulos posteriores.

Por sus páginas desfilan los antecesores del hombre moderno, las flores, las zarigüeyas, los australopitecos, neandertales, cazadores de las llanuras y primeros y esforzados agricultores, y también, cuando la sociedad humana, por las razones que fueran, se asentó sobre la tierra, algunas de las sucesivas civilizaciones de que nos habla la historia. Sumerios, fenicios, romanos, bárbaros, reinos medievales, conquistadores de lo desconocido…, unos fueron sustituyendo a otros en la eterna tarea de ir más allá de la última frontera conocida, tarea, por otra parte, que hoy seguimos afrontando rigurosamente en nuestro empeño por traspasar los límites de la Tierra. Yo soy la nave es el último de los capítulos, cuando la muchacha de ojos azules emprende el viaje del que sabe que no regresará y el narrador dice,

El ser transparente parte hacia las estrellas, en donde algo le espera, y despejará las incógnitas como siempre las ha despejado la materia en cuanto ha puesto la vista sobre ellas. Dime, chica, ¿adónde llegarías si te lo propusieras? Ante ti se abre el Universo de las mil direcciones y sólo tienes que acceder a la nave metálica y pulsar los botones mágicos, pero no te apures, que será por poco tiempo, pues en seguida tu cuerpo será la nave. Nadie sabe, ser de transparentes ojos azules, adónde podrás llegar recorriendo el curvo e ilimitado espacio que te contiene, pero el Homo ludens se ha reído y eso es lo importante. Lejos de nosotros calamidades y padecimientos y venga cuanto antes la deseada luz de la dicha. […]

[…]

Los largos y calurosos días del verano pasan entre las mil tareas a que la estación obliga, y una de ellas es la sempiterna caza, pues las labores agrícolas no excusan a los miembros del poblado de salir, con mejor o peor fortuna, a buscar el pan de cada día. Cierto que en sociedades asentadas resulta rara esta tradicional manera de procurarse el sustento, puesto que no pueden desplazarse a los lejanos lugares que frecuentan los animales, pero en mundos tan míseros y primitivos cualquier presa es bienvenida, regalos de la naturaleza que llevarse graciosamente a la boca.

Una de aquellas bochornosas tardes, cuando sólo les restan unas jornadas para finalizar el agosto, pues casi han conseguido acopiar el grano que la parcela tan rudamente trabajada les procura, la cuadrilla que merodea por tierras fronteras regresa con un cuantioso botín. Dividido en partes, y sobre los hombros, portan un cerdo salvaje que a costa de muchos sudores y peligros han conseguido atrapar. La llegada de los ausentes provoca no poco júbilo y griterío, en el que entre otras voces destaca la palabra «carne», y de inmediato los trabajos son abandonados y todos se dirigen al lugar de su morada para solazarse con lo que traen los recién llegados.

Avivan los fuegos y restriegan las marmitas de piedra, arrinconadas desde la última celebración, que son colocadas sobre las brasas, y luego, mientras el agua comienza a hervir, despedazan el animal. Las mejores tajadas caen pronto sobre los fogones de piedra candente, y las pieles, huesos y entresijos del animal son introducidas en las ollas, de las que saldrá un grumoso y suculento caldo a cuyo aroma acuden tantas bocas como el poblado contiene, y cuando alguien, forzado por la avidez, se aproxima en demasía a lo que se cocina, es rechazado con muy malos modos.

¡Yoé!, dicen a veces con acento de reconvención, y Yoé, el comedor de carne a quien la boca se hace agua, cuando escucha su nombre se envara y retrocede, y Espiga, que seguramente es su hermana, desde la sombra observa la escena inquieta y torciendo el gesto. Yoé, sin embargo, es obstinado y sólo atiende a lo que le dictan los sentidos, y cuando de nuevo intenta aproximarse, la mujer que cuida del caldero se lo impide y, con gesto adusto y que no admite réplica, de manera oscura pronuncia una sola palabra: «lejos». Yoé se aparta como si le hubieran pinchado, y Espiga, que quién sabe si es su hermana, inmóvil y con la zozobra bailándole en el alma continúa observando la escena desde un rincón.

[…]


Y para finalizar, coloco aquí los enlaces a los libros históricos que tengo disponibles en Amazon:

El viaje del morisco en versión Kindle =

https://www.amazon.es/dp/B079TBP55B

Ojos azules en versión Kindle =

https://www.amazon.es/dp/B072N822Q9

 Dios conmigo en versión Kindle =

https://www.amazon.es/dp/B018XOY7NU

 Dios conmigo en papel =

https://www.createspace.com/5980506

 Blog en el que se habla de Dios conmigo:

https://diosconmigosite.wordpress.com/

Además, podéis mirar aquí:

https://www.amazon.es/Camargo-Rain/e/B019RODFL0

 

Durante estos días, baja estos libros (gratis, claro es)

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Este , La efímera vida de Nastasia, lo puedes descargar desde el 7 al 11 de mayo en un portal que no mete virus ni troyanos: Amazon.

El enlace para hacerlo es este: https://www.amazon.es/dp/B07C9BZ6TS

Si quieres saber de qué va y todo eso, vete al enlace y allí te lo explican: hay sinopsis y todas esas cosas.

Y este otro, Las estaciones, estará gratis y a disposición de quien lo quiera desde el 12 hasta el 16 de este mismo mes. El enlace para conseguirlo (y ver lo que a él se refiere), es este: pinchar en la portada, y no os asustéis por lo de comprar en Amazon. Los días que he dicho estará GRATIS.

 

Si después de esto queréis seguir viendo otras cosas, ESO SE HACE AQUÍ.

La novela histórica (7): el siglo XIX

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El siglo XIX es importante dentro del panorama de la novela histórica, no sólo porque el nacimiento del género tuvo lugar durante su transcurso, sino también porque ha sido ampliamente divulgado por los autores, puesto que de él tenían referencias de primera mano. A guisa de ejemplo pongo esta lista de libros que tienen como escenario sucesos acaecidos durante el siglo XIX.

La cartuja de Parma (Stendhal, 1839)

El conde de Montecristo (A. Dumas, 1844)

Crimen y castigo (F. Dostoyevski, 1866)

Guerra y paz (Tolstoi, 1869)

Episodios nacionales (Pérez Galdós, 1872-1912. 46 libros)

El archipiélago en llamas (Julio Verne, 1884)

Los tigres de Mompracem (Emilio Salgari, 1900)

Sonatas (Valle-Inclán, 1902)

Memorias de un hombre de acción (Pío Baroja, 1913. 22 libros).

Mi Antonia (Willa Cather, 1918)

La marcha Radetzky (Joseph Roth, 1932)

Pedro Blanco, el negrero (Lino Novas Calvo, 1933)

Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell, 1936)

Absalom, Absalom!, (W. Faulkner, 1936). (Habría que añadir que otras novelas de Faulkner –como Desciende, Moisés o Los invictos– podrían considerarse históricas.)

El gatopardo (G. T. di Lampedusa, 1958)

Yo el Supremo (A. Roa Bastos, 1974)

El gran robo del tren (Michael Crichton, 1975)

Raíces (Alex Haley, 1976).

La guerra del salitre (Guillermo Thorndike, 1977)

Noticias del Imperio (Fernando del Paso, 1987)

El general en su laberinto (García Márques, 1989)


Narraciones históricas de Camargo Rain que suceden durante el s. XIX

Era de las máquinas, el tercer libro de la Tetralogía de Juan Evangelista, está dedicado por entero a esta época, y de esta forma se habla de la revolución francesa, de la española guerra de la independencia, del comienzo de la revolución industrial en Inglaterra, del tendido de los ferrocarriles en Europa y América y de mil asuntos más.

Episodio del libro Chica encuentra chico (aún sin publicar) que se llama El papel de Londres, en el que una niña hija de una criada, Melba, narra lo que vio (y vivió) en casa de un marqués de Córdoba a la que acudía un grupo de conspiradores en la época de Fernando VII.

De esta última narración coloco un trozo para que lo lean aquellos a los que les gusta leer.

[…]

Una tarde, cuando estaba en la cocina, oí aquellas notas de música que había oído desde la cama, y me acordé de lo que me había dicho Carmela. Subí al vestíbulo, en donde no había nadie, y procurando no hacer ruido me acerqué al salón en el que estaba el piano. Atisbé desde la puerta, que estaba a medio abrir, y vi que habían colocado el aparato aquel, que era grande, en medio de la habitación, sobre la alfombra, y delante del teclado, del sitio en donde se toca, había una banqueta. Habían quitado algunos muebles, y las mesas y sillas que quedaban estaban arrimadas a las paredes, junto a las estanterías. Allí también había libros, y figuritas y algunos cuadros antiguos, y un jarrón muy grande con flores debajo de la ventana. Una figura alta, en mangas de camisa y que me resultó familiar, estaba inclinada sobre el interior de la caja. Parecía que hacía algo… Luego se enderezó, y aunque estaba casi de espaldas, le reconocí al instante: era el conspirador…, aquel de los ojos verdes…

Mi primera intención fue la de retirarme, pero debí de hacer algún ruido, porque de repente levantó la cara y me vio.

–Ah, hola, eres tú…

Yo me quedé sin habla, pero en seguida se me ocurrió algo. Si no, iba a pensar que era tonta…

–Sí. ¿Puedo quedarme a oírlo?

–Sí, claro, quédate lo que quieras. ¿Te gusta la música?

–Sí, mucho.

Yo entré en la habitación y permanecí en pie sin saber qué hacer, y él, Martín (ahora sabía cómo se llamaba…) me miró y sonrió. Se volvió a inclinar y metió la mano en el mueble. Tenía una herramienta con un mango negro y apretaba aquí y allá.

–Ahora estaba afinándolo. Pero ven, tú siéntate aquí –y arrastró una silla y la colocó a un lado, detrás de él.

Yo lo hice, y él, después de mirarme, me preguntó,

–¿Estás bien, te encuentras a gusto?

–Sí.

–Pues escucha.

Se sentó en la banqueta, pareció pensar, levantó las manos y, tras una pausa, las apoyó en el teclado y tocó una cosa muy fuerte y complicada que me sobresaltó un poco. Luego hubo un silencio…, y a continuación volvió a apoyarlas, dijo, andante…, y se fue por otro camino.

¿Por qué pensé aquello? En realidad no se fue a ningún lado, sino que lo que sucedió fue que recorrió las teclas con los dedos y yo me imaginé a alguien que caminaba por un lugar muy bonito… Era una música muy tenue que subía y bajaba…

Aquello duró muy poco, unos segundos, y entonces se detuvo, se quedó inmóvil, y al fin se volvió hacia mí. Me miró y preguntó,

–¿Qué has pensado?

Yo no supe qué contestarle.

–¿Qué has visto? –repitió él–. ¿No te ha parecido una chica vestida de blanco que va por un bosque…?

–¿Y da saltitos?

–Sí, eso. Y se detiene aquí y allá y va cogiendo flores.

Yo sonreí. Aquel personaje, Martín, decía las mismas cosas que a mí se me ocurrían.

Luego se levantó y estuvo apretando algo dentro de la caja.

–Aquí hay algo que no suena bien… ¿A ver? –y con la mano que le quedaba libre tocaba una tecla y luego otra.

Al fin pareció quedar satisfecho y volvió a sentarse. Me miró y dijo,

–Esto lo escribió un señor del que a lo mejor has oído hablar. Se llamaba Mozart. ¿Sabes quién fue? –y yo negué con la cabeza.

–No.

–Pues ha sido uno de los músicos más conocidos de los últimos años. Sin embargo, murió joven… Bueno, ¿quieres que toque otra cosa?

… y se puso a ello, aunque aquella vez sin estridencias, y duró más, no mucho más, como un minuto o dos, y a mí se me fueron abriendo los ojos al internarme en aquellos vericuetos que subían y bajaban, y al final tuve que acabar aplaudiendo y riendo.

–¡Qué bien…!

–¿Sí, te ha gustado?

Yo afirmé vehementemente con la cabeza y los morros fruncidos.

–¡Muchísimo!

Martín se había quedado quieto.

–¿De verdad?

–Sí. Es que lo haces muy bien… –y en cuanto lo pronuncié me di cuenta de que le había llamado de tú…

Le miré, a ver qué cara ponía, pero él no parecía haber reparado en tal extremo. Todo lo contrario, pues simulaba estar muy satisfecho del cumplido, aunque yo creo que eso es algo que le gusta a todo el mundo.

Luego, en vez de aludir a ello, dijo,

–¡Ay, hija!, si todos los públicos fueran como tú… –y como volvió a ponerse en pie y a manipular en aquello que estaba haciendo, me pareció que había llegado el momento de dejarle solo.

–Bueno, que yo me tengo que ir…

–¡Ah…!, sí, haz lo que quieras, pero si algún día quieres oír otras cosas, ven y toco lo que me digas –e hizo una pausa y añadió–. Adiós, más que guapa.

… y a mí me encantó el epíteto, ¡aquel sí que era un elogio!, y sonreí sin poderlo evitar, y cuando me levanté y di la vuelta para irme, lo hice hinchada de una extraña satisfacción y andando poco menos que de puntillas, tan hondo me había llegado lo que acababa de oír.

Después, cuando pasaba por el vestíbulo y bajaba por la escalera, de nuevo me vino a la cabeza: ¿por qué de repente le había tuteado? Era el primer día que hablaba con él, y eso no se hace con los señores; si acaso con los criados, y si no son muy mayores. ¿Me parecía él un criado? No, desde luego que no. Martín parecía un señor. Iba muy bien vestido, y por lo que había podido observar, el marqués le trataba de igual a igual…, y luego se me ocurrió que a lo mejor era que me inspiraba confianza. ¿Me inspirará confianza?, y a aquello ya no supe qué responderme porque esas son ideas que los niños no acabamos de entender, cosas que hemos oído y se nos van y se nos vienen, como lo de la música, y yo creo que ni sabemos lo que significan, ¡vaya lío…!, y al final iba incluso hablando sola, porque cuando entré en la cocina, que mi madre estaba con otra señora, me miró un poco extrañada y dijo,

–Melba, hija, ¿qué vas diciendo? –y yo pegué un respingo y procuré disimular.

–No, nada.

Ella me miró.

–¿Quieres salir con Isabel? Va a comprar jamones.

Comprar jamones no es fácil, pero en casa había un ama que sabía hacerlo. Siempre era ella la que se encargaba de traerlos, y a veces me decía que la acompañara.

–Sí, ven conmigo, que de todo conviene aprender en la vida.

Isabel, el ama, era mayor y muy amiga de mi madre. Era bajita, pequeña y muy alegre, seguramente porque como era mayor ya no trabajaba en la cocina.

En tales ocasiones nos acompañaban dos criados con un carro para llevar lo que comprábamos, y aquella vez vinieron Damián y su hijo. Damián es uno de los porteros, uno de los criados de confianza del marqués, con el que va a cazar, y manda sobre los demás. Su hijo se llama Erasmo y tiene catorce años, o por ahí. Años antes asistía conmigo a las clases, pero luego le hicieron ir a la escuela.

–¿Has aprendido algo?

Erasmo afirmó con la cabeza.

–Sí, historia del arte. Es lo que más me gusta. Ahora sé lo que son muchos de los cuadros de la casa…, y los muebles.

–¿Los muebles?

–Sí, y las alfombras. Algunas tienen más de cien años, y las hicieron en Italia.

Yo me reí.

–Claro: por eso tienen siempre tanto polvo.

Entramos en la ciudad por una de las puertas y nos dirigimos a los barrios altos. Allí había almacenes en donde vendían de todo y siempre estaba lleno de gente. Aquella parte era antigua, muy antigua, y las callejas eran tan estrechas que casi no cabían los carros. Nosotras solíamos ir a una placilla que tenía el suelo de piedras puntiagudas, en uno de cuyos lados había un edificio grande que parecía un antiguo palacio y tenía el tejado roto por algunos sitios. Enfrente se veían varias tabernas con hombres en las puertas, y también alguna mujer con flores en el pelo. Ellas gritaban, y luego entraron y el ruido cesó.

Damián señaló una de ellas y se dirigió al ama.

–Nosotros estaremos ahí. Avísenos usted.

–Sí, no se preocupe.

Isabel y yo entramos en aquella gran casa, y en el portal, uno de los hombres se dirigió a ella con oficiosidad.

–Doña Isabel…, y la niña Es un gusto verlas por aquí.

–Sí, ya te estarás preparando… –y ella se rió con malicia pero él no le hizo caso.

–¿En qué puedo servirlas?

–Venimos a ver los jamones.

–¡Ah, los jamones…! Ya sabe usted que esta casa…

–Sí, sí… ¿Habéis recibido ya los de Aracena?

Por una ancha y ruinosa escalera de tablas subimos a la primera entreplanta, cuyas ventanas estaban destrozadas y ninguna tenía cristales, y allí, pendientes del techo, se mostraban infinidad de canales, perniles y enormes racimos de embutidos a los que no supe qué nombre dar. Miles de moscas zumbaban furiosamente en torno a ellos, y algunos chicos, ayudándose con grandes plumeros de los que había en el río, se ocupaban en espantarlas. El suelo estaba lleno de grasa, e Isabel me dijo que anduviera con cuidado. Un enorme mocetón negro, con la piel grasienta y desnudo de cintura para arriba, se entretenía en revolver el contenido de una borboteante caldera que despedía olor a azufre y nos contempló al pasar. Al fondo, lejos, recortándose contra la luz que entraba por los vanos, había unos hombres que, en medio de gritos, trajinaban izando reses desde la calle.

–Vengan por aquí –dijo aquel señor, y nos llevó hasta un extremo del enorme cobertizo, y allí, someramente protegidos por telas de sacos que ondeaban con el viento que de lado a lado recorría la nave, había otros jamones aún más gordos y relucientes.

Isabel paseó entre ellos y los estuvo examinando, y luego sacó una larga aguja de las que se usan para la calceta y pinchó algunos. Introducía la aguja hasta el fondo y luego la sacaba, y después se la arrimaba a las narices entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño.

–Material de primera –dijo el hombre aquel.

–Sí, pero enséñame otros.

De tal guisa recorrimos algunos aposentos separados por tabiques y apartados del resto, y al final el ama señaló varios y dijo,

–Quiero esos. Esos de ahí y los que te he dicho antes.

El hombre no respondió, pero descolgó dos o tres y los dejó en el suelo. Luego dio unas voces y acudieron varios chicos sucísimos y medio desnudos que cargaron con ellos, y nosotras descendimos al piso inferior e Isabel estuvo rematando aquella compra con un individuo de levita astrosa que se tapaba la frente con una visera. Alrededor de nosotros continuaba el tumulto, pues allí se trabajaba mucho, y vi que otras señoras entraban y salían por el portal limpiándose los zapatos con trozos de saco que les daban en la puerta.

Al fin estuvieron los jamones cargados en el carro, que había no menos de dos docenas, y el de la visera salió a despedirnos y hacernos reverencias, tras lo que enfilamos la calle hacia abajo.

Damián conducía los animales por la brida, pues había bastante gente y los pasos eran estrechos, y Erasmo iba montado sobre uno de ellos. Para tirar del carro habían enganchado unas yeguas de las caballerizas, y unos hombres de pelo brillante que estaban apoyados en una pared las observaron al pasar.

–Buenas jacas –dijo uno de ellos.

[…]


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 Blog en el que se habla de Dios conmigo:

https://diosconmigosite.wordpress.com/

En entregas posteriores (en este y otros blogs) seguiré hablando de novela histórica, y mientras tanto podéis mirar aquí:

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