Gallinas en algún lugar de la provincia de Orense

Hoy pongo una foto sin más. Espero que os guste, que tiene bastante ambientillo.

Sala de subastas medieval


Imaginemos una sala de subastas medieval. Por los pasillos discurren acaudalados personajes que han venido con sus séquitos a hacer el agosto, y, cuando comience la asamblea, se sentarán en los oscuros escaños que muestra la imagen; desde aquí podemos escuchar las reservadas conversaciones que fuera de esta gran sala tienen lugar… En las paredes, las efigies de pasados reyes y gobernadores contemplan mudos, pero en perpetua vigilancia, que nada perturbe el antiquísimo protocolo de lugar tan delicado. Las abigarradas tallas de madera son también testigos de los acontecimientos semanales, cuando aquí se ponen en juego valiosas mercancías, sedas, especias, lanas y metales preciosos que los barcos han transportado desde lejos, muy lejos… Por la escalera del fondo descienden los donceles que anuncian el comienzo de la ceremonia, y luego unos golpecillos en un atril oculto indican que la sesión está a punto de abrirse…, y todo ello podría suceder en Brabante, en Lieja, en Venecia…, ¿quién sería capaz de asegurarlo?

(La foto, en realidad, está tomada de la monumental sillería del coro de la iglesia de San Marcos, en León).

Así sería Santander si…

Hace un par de meses coloqué aquí una entrada sobre el incendio de Santander en febrero de 1941, entrada que se puede ver aquí.
La de hoy está relacionada con aquella, y podría llamarse, Así sería Santander si no hubiera sucedido el incendio de 1941.
No se habrían construido edificios durante la posguerra, y la puebla alta, bastante reformada seguramente (más o menos como se ve en la foto), hubiera llegado hasta nuestros días. Esto podría ser Ruamenor en el año 2012, en donde estuvo el bar de La Resaca y el Gonococo, puerta con puerta, bares de copas muy famosos durante los pasados años 80 y 90 y que se instalaron allí (en Ruamenor) tras la expulsión por los poderes fácticos de las putiplistas que anteriormente la habitaron. La calle que se ve al fondo, en tal caso, sería la cuesta Gibaja.
(Todo esto hubiera sido así, insisto, si no hubiera tenido lugar el famoso incendio).
La foto es un fotomontaje de retazos del Santander actual. De hecho, la calzada, fíjense ustedes bien, esa calzada adoquinada con arte (las aceras cantan un poco a encimera de cocina), es la de la actual calle del Limón, una de las pocas calles que quedan de la puebla vieja.

Nuevo blog de fotos

Como tengo tal riada de fotos, hace un mes abrí un nuevo blog, también en WordPress, dispuesto a poner paisajes a trisca. No son fotos normales (vamos, quiero decir que no son habituales en esto de internet), sino que están muy curradas, recortadas, iluminadas y demás, algo como lo que se ve arriba, que es una vista general del fantástico pueblo de Albarracín en la provincia de Teruel.

Imagino que a los que les gustan las fotos les interesará, y si queréis pasaros por allí, la dirección es esta:

fotosdeespana.wordpress.com/

Paisaje navideño desde el mirador del Jabalí

Dadas las fechas que corren (que corrían), pongo una foto de montañas nevadas. Esto son los Picos de Europa vistos en otoño desde el mirador del Jabalí, sito en el valle de Polaciones, en la subida a Piedras Luengas, y todo ello desde ese norteño lugar que llaman Cantabria y antes se conocía como provincia de Santander.

Tarta de limón

Hoy la cosa no va de fotos, pero ya que se nos vienen encima las épocas de abundancia (me refiero a la Navidad) pongo esta receta, que aparte de estar tirada de hacer, le gusta muchísimo a todo el mundo, en especial a los niños.


Ingredientes: un bote de leche Ideal, 2 limones, una caja de sobre para hacer gelatina de limón, azúcar para el caramelo, un vaso de vino de azúcar para batir.

Hágase en este orden, que se ahorra tiempo:

Se hace caramelo en un cacharro ancho, tipo sartén, y se unta bien todo el cacharro. Cuando está hecho (se pondrá bastante oscuro) se aparta del fuego.

Mientras tanto, en un cazo se hace gelatina de limón (la venden en las tiendas; se utiliza sólo un sobre de los dos que suelen venir en la caja) como indiquen las instrucciones, pero con sólo un vaso de agua = 250 cc, y cuando está hecha se añade una mitad más de agua (medio vaso) fría. Se revuelve un poco para que se homogeneize y se aparta.

Con la minipimer se bate el contenido de un bote de leche concentrada, y cuando ha subido un poco se le añade un vaso de vino de azúcar, el zumo de limón y medio y unas raspaduras de la corteza del limón (sólo de lo amarillo); se bate otro poco y se echa en un cacharro de cristal. Se añade encima la gelatina ya hecha, y se vuelve a batir para homogeneizarlo todo.

Queda una masa, un poco pastosa y de color amarillento, que se vuelca sobre la sartén en que está el caramelo. Este cacharro, así lleno, se mete en la nevera (o en el congelador, si se requiere rapidez) y en dos o tres horas está a punto, aunque queda mejor al día siguiente, es decir, si se la deja en la nevera un día (si es en el congelador, en media hora está hecha). No se debe helar, sino que el aspecto debe ser temblequeante, como el del flan.

Se pueden poner por encima unos bizcochos duros y así, al darle la vuelta sobre una fuente para servir, el caramelo quedará por encima y debajo un lecho de bizcochos embebidos. El aspecto, ya sobre la fuente, es el de la foto.

EL INCENDIO DE SANTANDER EN FEBRERO DE 1941

 

Fue en febrero de 1941 cuando, una noche de viento sur huracanado, se quemó por completo la parte vieja (lo que tanto entonces como ahora es el centro) de la ciudad de Santander. Es difícil, viendo la reconstrucción que podemos observar hoy, hacerse idea de lo que era entonces esta ciudad, ciudad vetusta, sí, pero con la gracia de lo antiguo. La casas eran de madera (las estructuras), lo que atizó el enorme incendio y las hizo desaparecer por entero, y sus fachadas estaban cubiertas de balcones y miradores, elementos típicos de la arquitectura de estas tierras; hoy son enormes y grises mamotretos (bloques) de cemento edificados de acuerdo con los usos propios de la posguerra española.

 

En el plano que adjunto (la línea negra encierra el área que ardió; pulsar para ver en grande) se puede observar cómo eran aquellos barrios que desaparecieron y nada tienen que ver con los que vemos en la actualidad. Ruamenor, Ruamayor, la calle del Rincón y la de Arcilleros, la Plaza Vieja (centro de aquel Santander), la calle de la Blanca (la calle comercial por excelencia), y tantas otras, se esfumaron durante una noche y sólo queda el recuerdo. El actual paseo de Calvo Sotelo consistía en dos calles, las Atarazanas y la Ribera (siglos antes fue una ría; atarazanas es sinónimo de astillero), que separaban el núcleo norte (delimitado por el círculo azul) y el sur (círculo rojo), que entonces se llamaba la Puebla Vieja y era el más antiguo barrio de la ciudad, el cual, presidido por la catedral, al menos podría remontarse a los siglos del medievo. Sobre este plano del Santander anterior al incendio he dibujado en gris algunas de las actuales calles: la verticales son Isabel II, a la izquierda, y Lealtad a la derecha (como se ve, atraviesan la Puebla Vieja, de la que no quedó ni rastro). La calle horizontal (gris) es la actual de Juan de Herrera, que finaliza a la derecha en el cuadrado gris que señala en lugar en el que está la actual Plaza Porticada (entonces inexistente). Por último, el rectángulo gris que hay delante de la catedral es lo que hoy se llama Plaza de la Virgen (páramo de piedra por las artes de la arquitectura moderna), que entonces estaba ocupado por tres edificios pertenecientes a la Puebla Vieja.

Si no hubiera sucedido tan enorme catástrofe, ¿tendríamos hoy una ciudad parecida a Oviedo o San Sebastián, que siguen conservando sus núcleos antiguos? Pues, salvando las barbaridades urbanísiticas que inevitablemente se hubieran producido durante los años 70 y 80 del pasado siglo (como de hecho se produjeron con lo que quedó), lo más probable es que tuviéramos una ciudad de aspecto antiguo, pues bastantes edificios se hubieran reconstruido salvando su aspecto exterior, tal y como puede verse en la actualidad en algunos lugares de las calles de Cisneros, Río de la pila, calle Alta, Santa Lucía y otras (todas ellas fuera del núcleo que se quemó).

 En fin, que el viejo Santander desapareció para siempre aquella noche, y ahí dejo estas dos imágenes: la primera es la Ribera (la actual acera de Calvo Sotelo en donde está la librería Estudio) vista, hacia los años 30, desde encima del puente que comunicaba los dos núcleos antiguos,

 y la segunda, un aspecto del nuevo Santander (la Alameda segunda –o sea, el actual eje San Fernando-calle Vargas– vista desde Cuatro Caminos).

 Pues lo dicho: que hay que ver cómo cambian las cosas.

Puertochico, Santander (España)

Hay un sitio en Santander, en mitad de la ciudad –lo que hoy es propiamente el centro–, al que llaman Puertochico. Antiguamente (hasta los años 50 del pasado siglo) fue el puerto pesquero de la ciudad, y como tal aparece en estas imágenes, que están tomadas desde el edificio de la calle Castelar que se conoce como Siboney. La casa con balcones que aparece en el centro es la última de paseo de Pereda, y bajo esos balcones existía un concurrido café llamado La austríaca, que fue durante muchos años el café por excelencia de esta ciudad. Hoy ya no existe (en su lugar hay un banco).

Estas son tres vistas antiguas del lugar del que hablo, un cuadro y dos fotos. El cuadro lo pintó mi tío el pintor (Carlos Villalva) en 1946, y las fotos las hizo mi padre en 1947 y 1955. En la de 1947 se ve la llegada del pescado durante un día de viento sur (y un tranvía, que también aparece en el cuadro). En la de 1955 se observa cómo ya no hay tranvías, que fueron sustituidos en esa época por los trolebuses que aparecen en la imagen.

Hoy sigue siendo una plaza, pero el ambiente, como es lógico, no se parece en nada a lo que aquí se ve: es una ingente rotonda llena de coches.

Reunión en la hierba


 

Corre por ahí la especie de que los veranos de la cornisa norte española son inconstantes, grisáceos, solitarios, aburridos…, pero ello no se corresponde con la realidad. Lejos de la abrumadora torridez que es propia a las costas mediterráneas –cuya agua parece caldo, y no digamos nada de las multitudes que las pueblan…–, se distingue por lo moderado de las temperaturas, el color de los cielos y la cordialidad de campos y playas. La foto está hecha en Santander (en la península de La Magdalena) durante este mes de agosto; la isla es la de Mouro.

Si alguien quiere ver algo más a propósito de este asunto de las fotos de los veranos en el norte de España, puede ver esta película:

 El verano (película de 1′ 03″)

Solsticio de verano


Hoy, 21 de junio de 2011, a las 5 y cuarto de la tarde (aproximadamente) transcurre la Tierra por el punto de su órbita más alejado del Sol, lo cual se determina por observaciones astronómicas. (La órbita de la Tierra alrededor del Sol no es circular, como es sabido, sino elíptica, luego en un extremo de ella estará más lejos –del Sol– que en la otra). Tal suceso (que como es lógico, se repite todos los años) se ha tomado como referencia para establecer el comienzo de la estación a la que llamamos verano, y da pie a las personas para celebrarlo de manera especial (aunque en lugares eminentemente festivos como España no hubiera sido necesario, pues aquí, ¿cuándo no es fiesta?). La más conocida de estas celebraciones es la denominada noche de San Juan, la que va del 23 al 24 de junio, en la que es tradición deshacerse de lo antiguo quemando trastos viejos…

Sobre las llamas de la hoguera purificadora vuelan sillas desvencijadas, antiguas anotaciones, cepillos de dientes…

–¿Y amores no correspondidos?

–Por supuesto. Y malhumores, impaciencias y amarguras, pesadumbres y sinsabores, aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria.

Es esta una tradición muy arraigada en la civilización occidental, algo que gusta mucho a todo el mundo, en especial a los jóvenes, que lo celebran ruidosa y alcohólicamente, y como no podía ser menos, en varias de mis novelas se hace referencia a ello.

Por ejemplo, el Viaje al verano es la pormenorizada historia de una noche de San Juan, pues el libro completo transcurre durante una de ellas. En Europa barroca también se menciona, y Eduguá, y luego la negra, hacen alusión a alguno de estos acontecimientos, a los que sin duda asistieron, y Crucita (de Crucita y yo), cuenta la vez en la que, teniendo dieciocho años, se fue con Atahualpa (su novio bueno, porque también tuvo otro malo, pero aquel se llamaba Rafa) a vivir uno de estos acontecimientos en una playa del norte (del norte de España, se entiende). Por fin, en Las estaciones los niños hacen una fiesta (comandados por su madre), con hoguera y paella incluidas, en la que se purifican simbólicamente arrojando al fuego cuanto les sobra. Y como de todo ello debería poner algo para que la gente lea, que leer es muy sano e instructivo, yo creo que lo mejor es escuchar a Crucita (que es una joya de mujer, o sea, de chavala) y lo que dice de aquella a la que asistió. Semejante texto es como sigue:

… y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus, ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente…, y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí, pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas…?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Volkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos…

Como colofón a lo anterior os dejo un enlace. Es una minipelícula que dura un minuto, y su título ya dice de qué va:

El verano (película de 1′ 03″)

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